Cuando el Cerro Hermitte comenzó a ceder este domingo a la madrugada y el barrio Sismográfica se vació a contrarreloj, la prioridad fue clara: salir con vida. Sin embargo, a medida que avanzaban las horas y el movimiento del suelo parecía dar breves treguas, otras urgencias emergieron con fuerza entre los evacuados. No tenían que ver con paredes caídas ni con calles partidas, sino con animales atrapados, abuelos sin medicación y tratamientos interrumpidos de un momento a otro
“Volví solo por el perro”, dijo un joven mientras descendía del barrio con su mascota en brazos, todavía temblorosa. Había regresado pese a las advertencias de los bomberos y al riesgo de nuevos derrumbes. Como él, decenas de vecinos tomaron la misma decisión durante la madrugada.
La escena se repitió una y otra vez: familias enteras evacuadas con lo puesto, algunas con valijas improvisadas, otras con jaulas, correas o animales envueltos en mantas. En la evacuación inicial, muchos perros y gatos quedaron dentro de las viviendas por la rapidez del escape.
“Nadie se olvida de sus perros”, se escuchó decir a un rescatista mientras intentaba ordenar el descenso de vecinos que insistían en volver a subir.
NO DEJARON LAS MASCOTAS
Hubo quienes regresaron apenas minutos después de haber salido, y otros que esperaron una aparente calma para arriesgarse. Algunos lograron rescatar a sus mascotas; otros volvieron con la angustia de no haber podido hacerlo. En medio del caos, la presencia de animales atrapados se convirtió en un motivo recurrente de reingreso a la zona roja.
Otra de las urgencias invisibles fue la de los adultos mayores y personas con tratamientos crónicos. Vecinos relataban, casi en susurros, la preocupación por abuelos que habían salido sin sus medicamentos para el corazón, la presión o la diabetes.
“Estamos buscando los remedios de mi mamá”, explicó una mujer mientras aguardaba noticias en el punto de evacuación. No había ambulancias ni derivaciones médicas masivas, pero sí un problema silencioso: tratamientos interrumpidos sin saber por cuánto tiempo.
Algunos vecinos regresaron específicamente para buscar pastilleros, recetas o documentos médicos, aun sabiendo que el cerro seguía inestable. Otros intentaban coordinar con familiares o farmacias para reponer lo perdido, en una noche en la que todo parecía fuera de alcance.
La evacuación fue abrupta y desordenada. Muchos salieron sin documentos, sin dinero y sin pertenencias básicas. En ese contexto, elegir qué rescatar se volvió una decisión dolorosa.
“Lo material se recupera, la vida no”, repetían algunos vecinos, mientras otros admitían que volver a buscar una heladera o un lavarropas era menos urgente que volver por un perro o por los remedios de un abuelo.
Esa diferencia marcó el pulso de la madrugada: mientras las autoridades pedían no reingresar, la realidad emocional de los evacuados empujaba a desobedecer para atender necesidades que no podían esperar.
